En abril de 2018, el doctor Felipe Carrillo recibió su título profesional como médico cirujano de la Universidad de Chile, ocasión en la que, además, fue distinguido como el mejor egresado del Campus Sur. Tres años antes comenzó a hacer docencia como ayudante de Fisiopatología II y, desde el inicio de su formación como especialista en Medicina Interna, a ser profesor participante en distintas asignaturas de pregrado, luego tutor clínico, profesor encargado de curso, profesor coordinador e incluso profesor de cátedra en la vecina Facultad de Ciencias Químicas y Farmacéuticas. Desde abril de 2021 tiene la jerarquía de profesor asistente; en agosto de 2022 llegó como subdirector de la Escuela de Medicina a apoyar la gestión de la doctora Thelma Suau. Y en 2025 asumió como jefe del programa de Especialidad en Medicina Interna, director del Departamento de Medicina Interna Sur y presidente del Comité del Programa de Especialización en esa disciplina.
Paralelamente, cuenta con un diploma de la Universidad de Chile en evaluación de los aprendizajes basados en competencias en Educación Superior Médica, con otro de la Federación Panamericana de Facultades de Medicina en Alta Gerencia y Liderazgo en Educación Médica y está terminando un máster en Educación para profesionales de la salud en la Universidad de Barcelona.
Esa es la que sustenta lo que será su gestión como director de escuela, junto al doctor Juan Diego Maya, del Instituto de Ciencias Biomédicas, en la subdirección. Fue una decisión muy difícil, dice, porque “es un desafío grande y yo tengo no mucho tiempo de académico, lo cual tiene ventajas, pero también puede representar algunas dificultades. Una de las expectativas que tengo de haber estado no hace tanto tiempo en el pre y postgrado es que me da una perspectiva fresca respecto a cómo estamos, qué hacemos, qué podemos hacer mejor, en qué nos estamos equivocando. Porque estamos viviendo un momento donde parece ser muy relevante que se visualice qué tan buenos somos como institución, no sólo por la historia que tenemos, sino por los innovadores o líderes que podemos ser”.
En ese sentido, añade que “confío y creo que la Escuela de Medicina, más que solamente educar, tiene la misión de liderar la educación médica en el país, yendo a la vanguardia de aquellas estrategias educativas que sean un referente nacional y regional, lo que responde a la tradición que tenemos. Decidí aceptar la dirección de escuela con el objetivo de establecer cuatro pilares fundamentales para su desarrollo. Nuestro objetivo es articular esta nueva gestión con el modelo educativo y la hoja de ruta institucional, contribuyendo así a consolidar una escuela de medicina icónica”.
Articulación, pertenencia, bienestar e impacto
El primer pilar de su gestión, señala el doctor Carrillo, será “hacer una intervención curricular con el objetivo de generar una articulación de pre y posgrado que sea sumamente fluida. Es necesario que como universidad revisemos qué es lo que estamos enseñando y cómo lo estamos haciendo, con el objetivo de poder optimizar la pertinencia de la educación que le damos a nuestros estudiantes, de que podamos avanzar hacia estructuras más modernas, en relación a una mayor flexibilidad curricular, en la que los alumnos que estén cursando la carrera puedan ir tomando algunas ramas específicas o electivas que permitan ir hacia una especialidad o grado académico, que como institución tenemos la posibilidad de ofrecer, de manera mucho más coherente con sus propios deseos. Tenemos una misión relevante en facilitar el ingreso de nuestros propios estudiantes de manera más acelerada al posgrado”.
En segundo lugar, añade, es prioritario mejorar el sentimiento de pertenencia y de permanencia de nuestros egresados de pregrado, con el objetivo de sostener lo que es la comunidad Universidad de Chile. “Creo que eso nos da sustentabilidad y que parte fundamental de aquello es potenciar los espacios en los cuales estudiantes y académicos de las distintas unidades puedan participar de espacios donde se discutan decisiones curriculares de manera conjunta. Y, por qué no pensar a mediano o largo plazo, la posibilidad de tener una comunidad de alumni tan robusta que efectivamente nos permitiese tener mentorías de egresados para los estudiantes de la carrera. Pienso que eso nos daría un mayor sentimiento de familia médica en Chile. Ahí hay un espacio de mejora bastante importante”.
El bienestar integral es el tercer pilar planificado por el nuevo director: “cómo podemos optimizar la salud mental y el cuidado de la comunidad universitaria, en mi caso particular, de los estudiantes de medicina. Eso es complejo, porque en general los currículum se centran en la adquisición de competencias técnicas, clínicas; pero hoy en día, y por los cambios generacionales, la sociedad en la que vivimos, se hace crítico poder incorporar en el plan de estudios estrategias que nos permitan lograr una mejor autorregulación, una sensación de seguridad psicológica más robusta, de autocuidado, con el objetivo de poder entregar a nuestros egresados mejores herramientas para enfrentar su quehacer profesional desde un lugar donde no duela, donde no cueste, donde no sea difícil, desde donde sea más reconfortante. Es algo que, con el paso del tiempo y sobre todo post-pandemia, se ha vuelto un desafío”.
En cuarto lugar, detalla, “creo que tenemos la obligación y función cierta de relevar la excelencia académica y el impacto que tenemos en la salud pública nacional. Como institución tenemos la gran ventaja de contar con múltiples convenios que nos permiten una colaboración directa con los centros asistenciales de alta complejidad de la Región Metropolitana. Y hay una oportunidad importante para que podamos, mediante la articulación del currículum universitario, integrar algunas estrategias que le puedan ser beneficiosas a las instituciones desde el punto de vista de atención de pacientes. ¿Por qué no pensar en el desarrollo de un plan de estudios que incorpore telemedicina como una estrategia para poder aliviar un poco la sobrecarga del sistema público? Ahí veo un rol institucional que es un faro hacia donde debiésemos avanzar como la integración educativo-sanitaria, porque nos da un sostén de desarrollo a ambas partes”.
Y, más allá de estos pilares, aclara “algo que me parece transversal: estamos en un momento donde la tecnología y el desarrollo en la educación médica están en tantos puntos de desarrollo que nos vemos en la necesidad de alfabetizar a los estudiantes en tecnología en salud y en cómo integrar esos avances en el quehacer profesional, sin caer en el descuido de la competencia técnica propiamente tal. Hay un desafío mayúsculo en integrar las plataformas de inteligencia artificial en la forma en la que vivimos haciendo educación. Ese es un cambio cultural que debemos estimular con cuidado, de manera continua y repetitiva en el tiempo, para que se incorpore nuestro quehacer diario y no sea una carga sino una herramienta que pueda facilitar nuestra función clínica docente”.
Volver a liderar las preferencias
Doctor, respecto al segundo pilar como es el sentido de pertenencia, hay que considerar dos situaciones: la baja en las preferencias por parte de los postulantes y la carrera más corta que ofrece la Universidad Católica. ¿Cómo aborda el desafío de volver a liderar las postulaciones en ese escenario?
Son dos desafíos muy difíciles de abordar. Una de las principales razones que contribuyen a esa disminución en las postulaciones tiene mucho que ver con cómo nos proyectamos hacia la opinión pública nacional. Como universidad tenemos una serie de particularidades muy positivas: una comunidad de alumnos que, mucho más que estudiar, tiene un impacto directo en investigación y en vinculación comunitaria que no tiene réplica en otra institución, lo digo con certeza ya estando más inserto en el ámbito de la gestión universitaria nacional. Tenemos una serie de proyectos, de estudiantes y académicos, que tampoco tiene comparación, y como universidad creo que hemos dejado de lado el proyectar eso, contar qué hacemos, quiénes somos, en qué estamos, hacia dónde vamos, porque somos líderes y un líder efectivamente tiene que proyectar las cosas que están haciendo y por qué son buenas, por qué mejoran su entorno. Pero la Universidad de Chile carga con una ventaja enorme como es su tradición histórica de excelencia académica y su reconocimiento nacional e internacional, que por grande ha sido difícil de sostener en el tiempo. Veo como una obligación, desafío y propósito de mi gestión en la Escuela de Medicina que se sepa lo excelentes que somos porque de eso no tengo ninguna duda.
Respecto al acortamiento a la carrera a seis años, mi perspectiva es más bien técnica; creo que no es tan importante en cuántos años se logra formar a un médico, sino que se vincula con dos factores. El primero, qué tipo de estudiantes recibo como institución y cuál es el perfil de egreso que la institución quiere formar. En los modelos chilenos más breves, parte del currículum quizás más oculto es que el perfil de egreso apunta a un médico que tienda a la especialización precoz. Además, tienen un grupo de ingreso más homogéneo en cuanto al nivel socioeconómico y educacional, entre otras variables. Nosotros como Universidad de Chile tenemos dos obligaciones: al ser la casa de estudios del país, nuestro perfil de ingreso es mucho más heterogéneo, pero además debemos garantizar no sólo el acceso sino la progresión curricular fundamental y funcional. Por eso es que desde el punto de vista pedagógico tenemos estudiantes en múltiples niveles de conocimiento previo, lo que dificulta mucho, por ejemplo, una intervención en los primeros dos o tres niveles de la malla curricular. Al mismo tiempo, nos debemos a la comunidad: tenemos al menos un 50% de médicos que ejercen como generales de zona a lo largo de todo Chile, y para eso debemos formar médicos autosuficientes, que sean gestores, que sean directivos, que sean referentes nacionales y regionales, y eso no es fácil de lograr si uno interviene desde lo curricular esos aspectos. Entonces, ¿el acortamiento curricular es viable? Por supuesto que sí, siempre y cuando uno pueda lidiar bien con esos dos aspectos a considerar. Mi perspectiva de lo que ocurre con el acortamiento curricular, la veo como una malla que debiese tener una articulación y flexibilidad de tal manera que permitiese tener una vía hacia la formación de un colega que quiera ser médico general, con todas las competencias técnicas, pero además una vía donde aquellos estudiantes que visualicen la especialización más directa, puedan adoptar en los niveles finales de la carrera algunas líneas puntuales de desarrollo que también faciliten su formación como especialista y de esa manera producir un acortamiento a largo plazo. Pero requiere integración curricular y mientras nosotros como institución debemos sostener el norte de acceso universal a la educación de médicos para todo el país y no sólo para especializaciones inmediatas; nuestros egresados no van sólo a trabajar, si uno revisa a qué se han dedicado cuando regresan a la especialización, han sido directores de programas, trabajan en el servicio de salud y eso es difícil de construir, porque su esencia efectivamente es adoptar el liderazgo del lugar donde van a trabajar.
Se lo preguntaba también porque un estudio reciente mostró que incluso los estudiantes de establecimientos particulares subvencionados y municipales también están prefiriendo otras instituciones, ¿a qué lo atribuye?
Creo que por cómo nos proyectamos. Por lo general, en lo primero que uno piensa cuando dice Universidad de Chile, es en los paros frecuentes de los estudiantes que dificultan un poco el desarrollo del plan de estudios de manera funcional. Pero eso es cada vez es menos y menos frecuente, con años en los que no ha habido paralizaciones, con cero pérdida de clases, donde se termina el año académico cuando corresponde, pero nadie tiene cómo revertir fácilmente esa imagen. Cuando uno comunica bien cuál es el vínculo que tenemos con los sectores más vulnerables en Santiago y en el país, o cuál es la proyección de excelencia internacional que logran nuestros estudiantes de pregrado, sin duda que cambiaría esa perspectiva tan rígida. Ahí veo una necesidad de integrar a nuestros estudiantes y a los académicos a acercarse más a estas comunidades que son de nuestro interés para formar, para contarles qué significa ser parte de la Universidad de Chile: nuestra diferencia esencial y más profunda es que nosotros no solo buscamos enseñarles a ser médicos, sino generar líderes que tengan un impacto en la salud pública y privada, a nivel nacional y regional. Claro, cuando al escoger la carrera uno es bien chico, y una de las cosas que más pesa en el momento de escoger es que esto termine rápido. Pero si se muestra cómo se van a poder hacer más cosas además de estudiar, que además vas a formarte para liderar, es diferente. Tenemos que evangelizar a nuestro medio, para que se sepa que no es solo dónde estudiar medicina, sino donde estudiar medicina y aprender a ser líder en la salud pública y privada en Chile.
Aprender de los estudiantes
En ese mismo sentido, y relevando la articulación del pre y postgrado, el doctor Carrillo señala que “como institución, tenemos una misión que es formar especialistas para el país, y trabajamos de cerca con el Ministerio de Salud, entregando un inmenso porcentaje de nuestra capacidad formadora de especialistas a concursos ministeriales, y una menor fracción a concursos distintos como son los cupos autofinanciados o los de formación de académicos de la Facultad de Medicina, y es porque el sistema de becas se oferta a nivel nacional, y todos participan de manera equitativa, independiente de qué universidad provengan. Independiente de esto, tenemos una altísima tasa de ingreso de nuestros egresados, considerando las magnitudes de las cohortes que tenemos, que son aproximadamente de 250 estudiantes anuales. Pero también es importante trabajar en un proyecto en el que nuestros estudiantes tengan más alternativas para ingresar, lo que puede ser de múltiples formas: creando concursos específicos o generando modificaciones en la capacidad formadora, siempre reguladas de acuerdo con nuestros estatutos”.
Respecto de la alfabetización e inteligencia artificial, primero deben formarse los académicos en esa materia; ¿cómo ve usted ese proceso?
Es complejo, más que por el área que debemos desarrollar, por la heterogeneidad académica que nos caracteriza. Tenemos generaciones académicas que son muy disimiles unas de otras, que no solamente se diferencian en años de experiencia académica, sino también en cuál es la historia institucional que cada uno de nosotros lleva consigo. Hay espacio para todos, pero sí es necesario que quien quiera participar de manera muy activa, liderando cursos o niveles formativos específicos, pueda tener un dominio de qué es lo que está ocurriendo con la tecnología y especialmente con la inteligencia artificial generativa, y para eso hay algunas estrategias que ya están en curso: el Centro de Enseñanza y Aprendizaje está ofertando diplomas específicos al respecto, con accesos facilitado para nuestros académicos. De la misma manera, a nivel central se ofrecen cursos de capacitación en distintos niveles de complejidad; esa es la línea, entregar las facilidades, no sólo en cuanto a oportunidad, sino en cursos flexibles que permitan adquirir competencias específicas que pueden ser muy puntuales, pero en la medida que se articulan se puede alcanzar una competencia más compleja y lograr una alfabetización óptima. Evidentemente depende de lo que la asignatura y especialidad requiera; por lo tanto, a los académicos no necesariamente hay que enseñarles lo mismo de la misma manera.
Uno de los temas de mayor relevancia en la actualidad es el de la salud mental: ¿cómo dialoga esa necesidad con los desafíos de la docencia en la universidad y en los campos clínicos?
Desde el punto de vista pedagógico y en lo técnico, sabemos que las estrategias educativas actuales sitúan al estudiante como el eje central del proceso formativo; todas las metodologías didácticas que uno busque apuntan a facilitar el aprendizaje actual, y eso conlleva que el profesor no es el protagonista, sino un factor sumamente relevante en el aula o en el campo clínico porque es quien conduce ese proceso de aprendizaje constructivo que está haciendo el alumno. Y yo diría que el desafío más importante radica ahí, cómo nos adaptamos sin que eso genere una sobrecarga o una merma formativa, para que los estudiantes aprendan mejor y para que los académicos también aprendamos en una relación que a veces puede ser más horizontal.
“La educación médica a nivel mundial atraviesa una transformación vertiginosa y apasionante, buscando comprender, por fin, la esencia de cómo aprendemos de verdad. Es un desafío hermoso. Y aunque hoy comparto estas reflexiones desde una profunda emoción personal, este compromiso y esta convicción laten, en realidad, en nombre de todo el equipo, representando en buena proporción a todo el equipo académico, y, sobre todo, a generaciones de egresados y estudiantes comprometidos con esta casa. Es esta fuerza compartida la que nos invita a crecer y nos reencuentra con el alma misma de la Universidad de Chile: la certeza indestructible de que, por sobre todo, somos una gran comunidad”, finaliza el doctor Carrillo.