“Marea Roja”. Un término que suele aparecer en los medios de comunicación durante la época estival, para informar el cierre de alguna de las numerosas bahías y costas de nuestro país. “El concepto de “Marea Roja” surgió antiguamente, cuando se decretaba alerta en áreas pesqueras en las que aparecían cantidades enormes de pequeñas algas que eran precisamente de ese color, lo que hacía que el agua se tiñera de rojo”, señaló el doctor Benjamín Suárez, director del Laboratorio de Toxinas Marinas (LABTOX) de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile (FMUCH).
Con el tiempo, sin embargo, el significado del término ha evolucionado: “Hoy en día, se utiliza de manera más amplia para describir episodios de proliferación explosiva de microalgas que, aunque no siempre generan cambios visibles en la coloración del agua, pueden representar un riesgo potencial para la salud humana”, señaló el académico.
De acuerdo a lo expuesto en la página web oficial del LABTOX (LABTOX, 2025), la proliferación masiva de microalgas corresponde a un fenómeno natural denominado técnicamente como “Floración Algal” o “Bloom”, que describe la multiplicación rápida y masiva de una o más especies de microalgas en el agua. “Estas floraciones se producen cuando se dan condiciones ambientales favorables para el crecimiento de estos microorganismos, como una temperatura del agua adecuada, niveles específicos de salinidad, luminosidad, disponibilidad de nutrientes y un pH óptimo”, explicó el académico.
Al proliferar en grandes concentraciones, distintas especies de microalgas —que poseen pigmentos necesarios para realizar la fotosíntesis— pueden generar cambios en la coloración del agua, tornándola amarilla, verde, café o roja. Sin embargo, no todas las floraciones producen efectos visibles, ni todas resultan tóxicas para el ser humano.
Desde el punto de vista científico, cuando se habla de “Marea Roja”, se alude específicamente a las llamadas Floraciones Algales Nocivas (FAN) de tipo tóxico. “Estas son causadas por especies de microalgas dañinas, capaces de producir biotoxinas que se acumulan en el tejido de organismos filtradores, como los moluscos bivalvos, representando un grave riesgo para la salud humana y animal al ingresar a la cadena alimentaria”, explicó el director de LABTOX.
En ese sentido, el especialista subrayó que “aunque ‘Marea Roja’ no es un término científicamente preciso, cumple una función social relevante, porque cuando la gente escucha esta expresión, comprende inmediatamente que significa peligro”.
Un riesgo invisible que activa el sistema de vigilancia
En el ecosistema marino existe una enorme diversidad de microalgas que cumplen un rol fundamental como base de la cadena alimentaria. Dentro de esa diversidad, algunas especies tienen la capacidad de metabolizar sustancias altamente tóxicas, conocidas como toxinas marinas. En Chile se ha descrito la presencia de tres de estas biotoxinas: el Veneno Paralizante de los Mariscos (VPM); las Biotoxinas Marinas Lipofílicas —anteriormente conocidas como Veneno Diarreico de los Mariscos (VDM)—; y el Veneno Amnésico de los Mariscos (VAM) (Instituto de Salud Pública de Chile [ISP], 2025), sustancia responsable del reciente cierre preventivo en la bahía de Tongoy.
El VPM es producido en el país por un fitoplancton dinoflagelado del género Alexandrium catenella y puede provocar síntomas que van desde entumecimiento o picazón leve hasta parálisis respiratoria e incluso la muerte. Las Biotoxinas Lipofílicas, en tanto, corresponden a un grupo de toxinas generadas por dinoflagelados de los géneros Dinophysis, Azadinium, Protoceratium, Lingulodinium y Gonyaulax, y se asocian a cuadros gastrointestinales como diarrea, náuseas, vómitos y dolor abdominal. El VAM, por su parte, es producido en Chile por diatomeas del género Pseudo-nitzschia australis, microalgas que forman parte natural del fitoplancton marino.
Estas diatomeas sintetizan ácido domoico, “toxina que, tras acumularse en los tejidos de los mariscos y ser consumida por el ser humano, puede generar inicialmente —dentro de las primeras 24 horas— un cuadro digestivo con calambres abdominales, vómitos y diarrea, y posteriormente, entre 24 y 48 horas después de la ingesta, provocar desorientación, confusión y daño cerebral, particularmente en áreas asociadas a la memoria de corto plazo”, explicó el doctor Benjamín Suárez.
La clave del riesgo asociado a estas toxinas está en el fenómeno de la bioacumulación. Las microalgas constituyen el alimento principal de moluscos bivalvos como choritos, almejas y ostiones, los que se alimentan filtrando grandes volúmenes de agua: “Un chorito pequeño puede filtrar alrededor de 30 litros de agua al día; si en ese ambiente predominan microalgas tóxicas, estas pasan a formar parte de su dieta y la toxina se acumula progresivamente en sus tejidos”, detalló el investigador.
Este proceso no provoca cambios visibles en el aspecto, olor ni sabor de los mariscos contaminados, lo que refuerza la necesidad de controles analíticos sistemáticos. A ello se suma que “el ácido domoico —así como otras toxinas marinas— es altamente resistente a las temperaturas elevadas, por lo que hervir los mariscos no elimina la toxina”, advirtió el especialista.
El primer brote de intoxicación por VAM se registró en Canadá en 1987, cuando se documentaron por primera vez a nivel mundial los efectos severos de esta toxina. “En ese episodio se reportaron alrededor de 250 personas intoxicadas tras consumir mejillones contaminados, con síntomas gastrointestinales y alteraciones neurológicas poco habituales; de ese total, tres personas mayores fallecieron”, relató el doctor Suárez. En ese caso, las concentraciones de ácido domoico detectadas en los mariscos consumidos por los pacientes oscilaron entre 310 y 1.280 μg/g, mientras que en el estuario del río Cardigan —zona de cosecha de los mejillones— se registraron niveles de entre 190 y 520 μg/g. El estudio estimó, además, que los pacientes que desarrollaron los cuadros más graves ingirieron dosis totales de ácido domoico de entre 60 y 290 μg/g, muy por sobre los límites sanitarios actualmente establecidos (Perl et al., 1990).
Según lo descrito en Teitelbaum et al. (1990), la intoxicación por ácido domoico presenta un cuadro bifásico. En la etapa aguda, los síntomas gastrointestinales —náuseas, vómitos, calambres abdominales y diarrea profusa— suelen aparecer dentro de las primeras 24 horas, mientras que las manifestaciones neurológicas pueden presentarse hasta 48 horas después, incluyendo cefalea intensa, confusión, desorientación, alteraciones del estado de alerta que van desde agitación extrema hasta coma, convulsiones frecuentes —en algunos casos en forma de estatus epiléptico—, disfunción autonómica y, con menor frecuencia, hemiparesia y oftalmoplejía.
En los pacientes más gravemente afectados que sobreviven a esta fase inicial, pueden desarrollarse secuelas neurológicas de largo plazo, entre las que destaca una amnesia anterógrada severa, caracterizada por la incapacidad para formar nuevos recuerdos pese a la preservación relativa de otras funciones cognitivas, así como neuropatía periférica con debilidad y atrofia muscular. El ácido domoico actúa como una potente excitotoxina, con daño preferente del hipocampo y los núcleos de la amígdala, lo que explica la pérdida selectiva de la memoria de corto plazo (Teitelbaum et al., 1990).
“Las personas que lograron superar la etapa aguda de la intoxicación podían recordar su historia de vida, pero eran incapaces de retener información inmediata”, explicó el doctor Suárez. En Chile, sin embargo, no existen registros clínicos formales de casos graves asociados a este veneno, precisamente debido a la eficacia del sistema de vigilancia, el monitoreo permanente y los cierres oportunos de las zonas afectadas.
La bahía de Tongoy cerrada
En el caso específico de Tongoy, la decisión de cerrar preventivamente el área marítima comprendida entre Punta Lengua de Vaca y la península del sector no respondió a la presencia de una floración visible ni a cambios en la coloración del mar, sino a la detección analítica de concentraciones de Veneno Amnésico de los Mariscos (VAM) superiores al límite sanitario establecido.
El hallazgo, basado en muestras recolectadas el 5 de enero, dio cuenta de un riesgo poco perceptible para la comunidad, pero ampliamente reconocido por los equipos científicos dedicados a la vigilancia de toxinas marinas. “El jueves 6 de enero analizamos muestras del día anterior y encontramos niveles tóxicos en ostiones de Tongoy y valores sub-tóxicos en Guanaqueros”, detalló el especialista.
Desde el punto de vista sanitario, el límite máximo permitido para el ácido domoico es de 20 µg/g de tejido, umbral que en el caso de las muestras de Tongoy fue superado: “Registramos concentraciones cercanas a los 43 microgramos por gramo, lo que obliga al cierre inmediato del área”, señaló el investigador.
Según explicó el académico, los resultados estuvieron disponibles el mismo día, lo que permitió activar con rapidez el sistema de alerta: “Detectamos los valores al mediodía y, pocas horas después, tanto la autoridad marítima como la sanitaria ya estaban tomando la decisión de cerrar el área y comunicar la prohibición de consumo”, señaló. “Este procedimiento responde a un principio precautorio orientado a evitar cualquier posibilidad de intoxicación en la población, incluso cuando el riesgo clínico inmediato pueda parecer bajo”, añadió.
En sectores como Tongoy, determinadas condiciones ambientales pueden alinearse en períodos acotados, favoreciendo episodios transitorios de toxicidad que no siempre son evidentes a simple vista. En este contexto, el especialista advirtió que, a diferencia de otras toxinas marinas, “en el caso del veneno amnésico, el mar puede verse completamente normal. De hecho, las microalgas responsables del VAM rara vez provocan cambios visibles en la coloración del agua, lo que explica por qué este tipo de episodios suele generar sorpresa y desconcierto en las comunidades costeras”.
El rol del Laboratorio de Toxinas Marinas
El Laboratorio de Toxinas Marinas (LABTOX) de la FMUCH cumple un rol clave en la detección, análisis y trazabilidad de episodios asociados a toxinas marinas a nivel nacional. Con sedes en Santiago y Castro, el equipo analiza de forma permanente miles de muestras al año provenientes de más de cien puntos de monitoreo a lo largo del país. “Contamos con un sistema plenamente jerarquizado, en el que los datos se cargan a diario y permiten una toma de decisiones rápida y oportuna”, explicó el doctor Benjamín Suárez, director del laboratorio.
Esta labor se realiza en el marco de un convenio entre la FMUCH y el Servicio Nacional de Pesca y Acuicultura (Sernapesca), dependiente del Ministerio de Economía, lo que asegura una vigilancia continua de este tipo de eventos. Labtox, que recientemente cumplió 30 años de funcionamiento, cuenta con acreditación en ambas sedes bajo la norma ISO NCh 17025:2017 y está reconocido por el Ministerio de Salud como laboratorio bromatológico.
En el caso de Tongoy, el seguimiento ha sido continuo. “El sábado 10 de enero informamos los resultados del viernes 9 y ya se observaba una disminución; una muestra seguía siendo tóxica, pero la otra ya estaba en rango subtóxico”, detalla. Para levantar la medida, sin embargo, se requiere evidencia sostenida: “Se debe esperar al menos una semana con dos resultados consecutivos subtóxicos o nulos para reabrir el área”, precisó.
Además del monitoreo ambiental, el laboratorio realiza controles postcosecha sobre productos destinados a la exportación: “El producto terminado se evalúa de manera precautoria, con muestreos aleatorios representativos, para asegurar que sea completamente inocuo”, señaló el director de LABTOX. Este doble control —ambiental y postproceso— permite proteger tanto la salud pública como la cadena productiva.
Desde una mirada de largo plazo, el especialista subrayó que el VAM no es un fenómeno nuevo ni excepcional: “El veneno amnésico está presente todos los años; aparece típicamente en la transición entre primavera y verano, especialmente en diciembre y enero”, explicó. Los registros históricos muestran, además, una expansión gradual, asociada al cambio climático, desde las zonas australes hacia el norte del país, lo que refuerza la importancia de mantener y fortalecer los sistemas de vigilancia.
A modo de cierre, el doctor Benjamí Suárez destacó el sentido último de este trabajo científico: “La mejor señal de que el sistema funciona es que no tengamos personas intoxicadas; adelantarse al riesgo y prevenir es el verdadero objetivo de todo este esfuerzo”, concluyó.
Bibliografía
- Instituto de Salud Pública de Chile. (2025). Laboratorio de Toxinas (Biotoxinas). https://www.ispch.gob.cl/ambientes-y-alimentos/subdepartamento-alimentos-y-nutricion/laboratorio-de-toxinas-biotoxinas/
- Laboratorio de Toxinas Marinas – Universidad de Chile (LABTOX). (2025). ¿Qué es la “marea roja”? https://LABTOX.cl/?page_id=42
- Perl, T. M., Bédard, L., Kosatsky, T., Hockin, J. C., Todd, E. C. D., & Remis, R. S. (1990). An outbreak of toxic encephalopathy caused by eating mussels contaminated with domoic acid. The New England Journal of Medicine, 322(25), 1775–1780. https://www.nejm.org/doi/full/10.1056/NEJM199006213222504
- Suárez-Isla, B. A., López-Rivera, A., Hernández, C., Clément, A., & Guzmán, L. (2002). Impacto económico de las floraciones de microalgas nocivas en Chile y datos recientes sobre la ocurrencia de veneno amnésico de los mariscos. En E. A. Sar, M. E. Ferrario, & B. Reguera (Eds.), Floraciones algales nocivas en el Cono Sur Americano (pp. 257–268). Instituto Español de Oceanografía.
- Teitelbaum, J. S., Zatorre, R. J., Carpenter, S., Gendron, D., Evans, A. C., Gjedde, A., & Cashman, N. R. (1990). Neurologic sequelae of domoic acid intoxication due to the ingestion of contaminated mussels. The New England Journal of Medicine, 322(25), 1781–1787. https://www.nejm.org/doi/full/10.1056/NEJM199006213222505